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TRANSGÉNICOS.


EL CASO MONSANTO

«Debería usted investigar a Monsanto. Necesitamos saber qué es realmente esta multinacional estadounidense que se está apropiando de las semillas y, por lo tanto, de la comida del mundo...». Esta escena transcurre en el aeropuerto de Nueva Delhi en diciembre de 2004. Mi interlocutor, Yudhvir Singh, es el portavoz del Bharatiya Kisan Union, un sindicato campe­sino del norte de India que tiene unos 20 millones de afiliados. Acabo de pasar dos semanas recorriendo con él Punjab y Har-yana, los dos Estados símbolo de la «revolución verde» en los que se produce la casi totalidad del trigo indio.
UNA INVESTIGACIÓN NECESARIA
En aquel momento estoy haciendo dos documentales para la cadena franco-alemana de televisión Arte en el marco de un programa Thema dedicado a la biodiversidad y titulado «Sa­quear la naturaleza».1 a En el primero de los documentales, Los piratas de la vida,2 cuento cómo la llegada de las técnicas de manipulación genética han provocado una verdadera ca­rrera de genes en la que los gigantes de la biotecnología no dudan en apropiarse de los recursos naturales de los países en vías de desarrollo por medio de un uso abusivo del siste­ma de patentes. Así es como un agricultor de Colorado, que se presenta como un «electrón libre», obtuvo una patente del «frijol amarillo» que se cultiva en México desde la noche de los tiempos: pretendiendo ser su «inventor» estadouni­dense, reclama royalties a todos los agricultores mexicanos que quieran exportar sus cosechas a Estados Unidos. Tam­bién es así como una empresa estadounidense llamada Mon­santo obtuvo una patente europea de una variedad india de trigo utilizada para elaborar el célebre pan chapati (pan indio sin levadura)...
En el segundo documental, titulado Trigo: ¿crónica de una muerte anunciada?, reconstruyo la historia de la biodiversidad y de las amenazas que pesan sobre ella a través de la gran saga del cereal dorado, desde su domesticación por parte del hombre hace io.ooo años hasta la llegada de los organismos modificados genéticamente (OGM), cuyo líder mundial es... Monsanto. Al mismo tiempo estoy haciendo un tercer documental para Arte Reportage titulado Argentina: la soja del hambre que establece un balance (desastroso) de los cultivos transgénicos en el país de las vacas y la leche. Resulta que los OGM en cuestión, que cubren la mitad de la superficie cultivada del país, son de una soja lla­mada «Roundup Ready» porque ha sido manipulada por... Monsanto para resistir al Roundup, el herbicida más vendido del mundo desde los años setenta y fabricado por... Monsanto.3
Para hacer estos tres documentales que presentan tres facetas complementarias de una misma problemática, es decir, las consecuencias que tienen las biotecnologías para la agricul­tura mundial y, más allá, para la producción de la alimentación humana recorrí el mundo durante un año: Europa, Estados Unidos, Canadá, México, Argentina, Brasil, Israel, la India... Y en todas partes rondaba el espectro de la empresa Monsan­to, que se percibía como el Gran Hermano del nuevo orden agrícola mundial y suscitaba una enorme inquietud...
Ésta es la razón por la que la recomendación de Yudhvir Singh en el momento en que yo me iba a marchar de India ve­nía a consagrar definitivamente un sentimiento difuso de que, efectivamente, tenía que interesarme más de cerca por la his­toria de esta multinacional estadounidense creada en 1901 en Saint Louis, en el Estado de Missouri, a la que hoy pertenecen el 90% de los OGM cultivados en el mundo y que en 2005 se convirtió en la primera empresa productora de semillas del planeta.
Nada más volver de Nueva Delhi (apenas había regresa­do...) me precipité sobre mi ordenador y tecleé «Monsanto» en mi buscador favorito. Descubrí más de siete millones de re­ferencias que dibujaban el retrato de una empresa que, lejos de provocar unanimidad, es considerada una de las más contro­vertidas de la era industrial. De hecho, si a la palabra «Mon­santo» se añadía la palabra «contaminación» que se escribe igual en inglés y francés, pollution se obtenían 343.000 resul­tados... Con «criminal» palabra a la vez inglesa y española había 165.000. Con «corrupción», 129.000; y si se tecleaba «Monsanto falsified scientific data» (Monsanto manipuló datos científicos), se obtenían 115.000 respuestas.
Como buena internauta, a partir de ahí me sumergí en la red durante semanas navegando de una página a otra, consul­tando multitud de documentos desclasificados, de informes o de artículos de prensa que me permitieron reunir paciente­mente todas las piezas de un puzzle extremadamente polémi­co que la empresa prefiere ocultar en su página web. En efec­to, cuando se entra en la página de inicio de Monsanto.com, se descubre que ésta se presenta como una «empresa agrícola, (an agricultural company), cuyo objetivo es «ayudar a los cam­pesinos del mundo a producir alimentos más sanos, [...] al tiempo que se reduce el impacto de la agricultura sobre el me­dio ambiente». Pero lo que no dice es que antes de interesar­se por la agricultura, fue primero una de las mayores empresas químicas del siglo xx, especialista, principalmente, en plásti­cos, poliestirenos y otras fibras sintéticas.

En su apartado «¿Quiénes somosá/Historia de la socie­dad» no se encuentra una sola palabra sobre todos los produc­tos extremadamente tóxicos que, sin embargo, durante dé­cadas han creado su fortuna: los PCB (policlorobifenilos), aceites químicos utilizados durante más de cincuenta años como aislantes en los transformadores eléctricos y vendidos bajo las marcas de Aroclor en Estados Unidos, de Pyraléne en Francia o de Clophen en Alemania, cuya nocividad ocultó Monsanto hasta su prohibición a principios de los ochenta; el 2-4-5-T, un potente herbicida que contiene dioxina, la cual constituía la base del agente naranja, el defoliante utilizado por el ejército estadounidense durante la guerra de Vietnam, cuya toxicidad negó hábilmente Monsanto presentando estu­dios científicos trucados; el 2-4-D (el otro componente del agente naranja); el DDT, hoy prohibido; el aspartamo, cuya inocuidad está lejos de haber sido probada; las hormonas de crecimiento bovino (prohibidas en Europa debido a los ries­gos que suponen para la salud de seres animales y humanos).
Tantos productos extremadamente controvertidos que, simplemente, han desaparecido de la historia oficial de la em­presa de Saint Louis (a excepción de la hormona del creci­miento lácteo, sobre la que volveré por extenso en este libro). Cuando se examinan con atención sus documentos internos se descubre, sin embargo, que este sulfuroso pasado sigue pesan­do sobre su actividad y le obliga a destinar sumas considera­bles a afrontar los procesos judiciales que regularmente enne­grecen sus resultados.

 

CIEN MILLONES DE HECTÁREAS DE OGM

En todo caso, estos descubrimientos me llevaron a proponer a Arte otro documental titulado El mundo según Monsanto, cuyas investigaciones constituyen la base de este libro. La idea era contar la historia de la multinacional y tratar de comprender en qué medida su pasado podía esclarecer sus prácticas actua­les y lo que hoy pretende ser. En efecto, con 17.500 emplea­dos, un volumen de negocios de 7.500 millones de dólares en 2007 (de los cuales mil millones son de beneficios) y una im­plantación en cuarenta y seis países, la empresa de Saint Louis afirma haberse convertido a las virtudes del desarrollo sostenible, el cual pretende promover gracias a la comercialización de semillas transgénicas supuestamente causantes de que reculen los límites de los ecosistemas para bien de la humanidad.
Desde 1997, con una gran profusión de publicidad y un es­logan eficaz «Food, Health and Hope», comida, salud y es­peranza logra imponer en vastos territorios sus OGM, prin­cipalmente de soja, maíz, algodón y colza. En 2007 los cultivos transgénicos (el 90% de los cuales, lo recuerdo, presentan unas características genéticas cuya patente posee Monsanto) cubrían cien millones de hectáreas: más de la mitad se sitúan en Estados Unidos (54,6 millones), seguido de Argentina (18 millones), Brasil (11 ,5 millones), Canadá (6,1 millones), la In­dia (3,8 millones), China (3,5 millones), Paraguay (2 millones) y Sudáfrica (1,4 millones). A excepción destacada de España y Rumanía, Europa se ha librado de esta «escalada de las super­ficies OGM».4 Hay que indicar que un 70% de los OGM cul­tivados en el mundo eran entonces resistentes al Roundup, el herbicida estrella de Monsanto y que la empresa siempre ha pretendido que era «biodegradable y bueno para el medio am­biente» (lo que, como veremos, le costó dos condenas por pu­blicidad fraudulenta) y un 30% fueron manipulados para fa­bricar una toxina insecticida llamada «Bt».
Por supuesto, desde que empecé esta compleja investiga­ción contacté con los directivos de la multinacional para soli­citarles una serie de entrevistas. La sede de Saint Louis me remitió a Yann Fichet, agrónomo y director de cuestiones ins­titucionales e industriales de la filial francesa, instalada en Lyon. El 20 de junio de 2006 me citó en París en un hotel cer­cano al Palacio de Luxemburgo (sede del Senado francés), donde me confesó que pasaba «mucho tiempo». Me escuchó durante un buen rato y se comprometió a transmitir mi peti­ción a la sede de Missouri. Esperé tres meses, al tiempo que in­sistía a mi interlocutor de Lyon, que acabó por decirme que mi petición había sido rechazada. Cuando estaba rodando en Saint Louis llamé a Christopher Horner, responsable de las re­laciones públicas de la empresa, que en una conversación tele­fónica mantenida el 9 de octubre de 2006 me confirmó que mi petición había sido rechazada: «Apreciamos su insistencia en solicitar una entrevista, pero hemos mantenido varias conver­saciones internas y no hemos cambiado nuestra postura. No tenemos ninguna razón para participar en su documental...».
¿Es que tienen miedo de las preguntas que yo podría ha­cerles?
No, no... No se trata de saber si tenemos o no las res­puestas a sus preguntas, sino de la legitimidad que aportaría­mos al producto final, que sospechamos que no será positivo para nosotros...
Ante este rechazo no renuncié, sin embargo, a dar la pala­bra a la empresa procurándome todos los archivos escritos o audiovisuales disponibles en los que se expresan sus represen­tantes, pero también, y sobre todo, sirviéndome ampliamente de los documentos que la empresa ha colgado en internet y en los que justifica los beneficios que se supone que los OGM aportan al mundo: «Los campesinos que han plantado cultivos surgidos de las biotecnologías claramente han utilizado menos pesticidas y obtenido beneficios económicos significativos en comparación con la agricultura tradicional», se leía, por ejem­plo, en 2005 en The Pledge (la promesa), una especie de carta ética que la multinacional publica regularmente desde 2ooo y en la que presenta sus compromisos y resultados.5
Hija de agricultores, muy sensible a las dificultades por las que atraviesa el mundo agrícola desde que nací en 1960 en una granja de Poitou-Charentes, imagino perfectamente el impac­to que puede tener semejante discurso en unos campesinos que tanto en Europa como en otros lugares luchan cada día para sobrevivir. Además, si he escrito este libro es en primer lugar por ellos, los trabajadores de la tierra que en el momen­to en que la globalización empobrece los campos tanto del sur como del norte ya no saben a qué santo encomendarse. ¿Sal­varía sus vidas el genio de Saint Louis? Quise conocer la ver­dad porque lo que está en juego nos concierne a todos, ya que se trata de saber quién producirá mañana el alimento de los se­res humanos.
«La compañía Monsanto ayuda a los pequeños campesinos en todo el mundo a ser más productivos y autosuficientes», dice también The Pledge.6 O también: «La buena noticia es que la experiencia práctica demuestra claramente que la coexisten­cia entre los cultivos transgénicos, convencionales y biológi­cos no sólo es posible, sino que se desarrolla apaciblemente en todo el mundo».7 Y, por último, esta frase que atrajo particu­larmente mi atención porque toca una de las cuestiones prin­cipales que plantean los OGM, a saber, la de su eventual peligro para la salud humana: «En todas partes del mundo los consu­midores son la prueba viva de la inocuidad de los cultivos sur­gidos de las biotecnologías. Durante la temporada 2003-2004 compraron el equivalente a 28.000 millones de dólares en pro­ductos transgénicos producidos por agricultores de Estados Unidos».8 Tratando de verificar esta hermosa afirmación, yo pensaba en todos los consumidores que se alimentan del tra­bajo de los agricultores y que al elegir determinados produc­tos pueden tener un peso en la evolución de las prácticas agríco­las y, más lejos, del mundo. Siempre y cuando estén informados. Por lo tanto, este libro también lo he escrito por ellos.
Todas estas citas del The Pledge de Monsanto están en el centro de la polémica que opone a los defensores de las biotec­nologías y a quienes las rechazan. Para los primeros, la empre­sa de Saint Louis efectivamente ha pasado página de su pasado como químico irresponsable para proponer unos productos ca­paces de resolver los problemas del hambre en el mundo y de la contaminación medioambiental siguiendo unos «valores» que guiarían su actividad: «Integridad, transparencia, diálogo, re­parto y respeto», tal como lo proclama su The Pledge de 2005.9 Para los segundos, lo único que hacen todas estas promesas es enmascarar un vasto proyecto hegemónico que amenaza tanto la seguridad alimentaria del mundo como el equilibrio ecológi­co del planeta y que se inscribe en la línea de la sulfurosa histo­ria de Monsanto, de la que incluso constituiría su apogeo.
Por consiguiente, quise saberlo a ciencia cierta. Y para ello adopté un doble enfoque. En primer lugar, trabajé noche y día en internet porque, de hecho, la gran mayoría de los documen­tos que cito en este libro están disponibles en la red. Basta con buscarlos y relacionarlos, cosa que invito a hacer al lector, ya que es verdaderamente fascinante: todo está ahí y nadie puede decir de manera razonable que no sabía y, todavía menos, pue­den decirlo quienes se ocupan de escribir las leyes que nos go­biernan. Pero, por supuesto, esto no es suficiente. Y por eso re­tomé mi bastón de peregrina. Fui a Estados Unidos, Canadá, México, Paraguay, la India, Vietnam, Francia, Noruega, Italia y Gran Bretaña. En todas partes contrasté la palabra de Monsan­to con la realidad sobre el terreno al encontrarme con decenas de testigos a los que previamente había identificado en la red.
En efecto, son muchos quienes en los cuatro extremos del mundo han dado la voz de alarma denunciando una manipula­ción aquí, una mentira allá, o incluso incontables dramas hu­manos, a menudo a costa de graves dificultades personales o profesionales. Porque el lector lo irá descubriendo al hilo de esta páginas no es fácil oponer la verdad de los hechos a la de Monsanto, cuyo objetivo es, efectivamente, «apropiarse de las semillas y, por lo tanto, de la comida del mundo», como me decía Yudhvir Singh en 2004. Un objetivo que la empresa pa­recía estar a punto de alcanzar efectivamente en 2008. A me­nos que los campesinos y consumidores europeos decidan otra cosa arrastrando en su surco al resto del mundo...