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|| Decálogo|| Mi religión ||La NO Violencia || Reflexiones NO Violencia ||Biografía || ||Sostén de la Defensa de los Derechos Humanos || "La Filosofía de la No Violencia, Sostén de la Defensa de los Derechos Humanos". Dr. Juan Ma. Parent Jacquemín Director del Centro de Estudios de la Universidad Autónoma del Estado de México. Los Derechos Humanos son una dimensión de la ética. Sin embargo, requieren del brazo secular así como de las instituciones y procedimientos claros porque son éstos una ayuda para su defensa, pero este apoyo positivo y autoritario no lo es todo. Una exigencia presente a través de toda la filosofía de la no-violencia es la que demanda tanto a las estrategias políticas como a las leyes positivas que no sean juzgadas nunca solamente de acuerdo a un criterio de eficacia. La mejor ley no es la que es más fácil de aplicar, sino aquella que nos acerca más a la verdad. Algunos afirman que los Derechos Humanos caerían fácilmente en la figura de las buenas intenciones sin el recurso legal. Si esta afirmación es cierta, desde un punto de vista, no lo es siempre. En efecto, algunos creen aún que la no-violencia sólo dispone de la fuerza del ejemplo y del ideal y por consiguiente no tiene la fuerza suficiente para vencer a los poderosos que se aprovechan de la inercia, como si la no-violencia fuera inacción o pasividad. Existe una defensa de los Derechos Humanos que necesariamente se produce sin depender de los artificios legales. Es lo que deberemos mostrar el día de hoy y en particular demostrar que la no-violencia es acción y justamente lo contrario de la inercia. Una problemática excesivamente simplificada que reduce los Derechos Humanos a una mera defensa de ciertos individuos afectados en su integridad por alguna autoridad policiaca, no permite captar en su raíz las tendencias a la barbarie propias de esta época. "El espacio público se está vaciando de toda deliberación verdadera, de toda confrontación abierta para llenarse de seudodiscursos ideográficos y sobre todo de política como prescripción y como administración" (Vincent, Critique du travail, p.11). Hace unos días leíamos la dramática historia de la niña Nuk, lacandona de 14 años asesinada por su marido amante. Un comentarista terminaba la narración afirmando: "Independientemente de cómo evolucione, el expediente Conferencia expuesta durante la Octava Jornada de Capacitación de Coordinadores Municipales de Derechos Humanos, realizada en el Salón de Usos Múltiples de la Comisión de Derechos Humanos del Estado de México, el día 30 de agosto de 1996 que narra la muerte de la niña Nuk vuelve a confirmar el deficiente trabajo que hace nuestro sistema de impartición de la justicia y la importancia que están teniendo las ONG" (Organismos no gubernamentales) (Sergio Aguayo, "La niña lacandona", La Jornada , 23 de octubre de 1993, p.7). No basta con reconocer los derechos, cosa que la ley escrita hace hasta cierto punto, sino también deben precisarse las condiciones de su puesta en vigor. En otros términos, los Derechos Humanos deben colocarse dentro de una cultura. Y aquí es donde empieza la verdadera labor de la defensa de los Derechos Humanos. La primera tarea educativa es la de crear la convicción social profunda y difundida de la utilidad y del valor de tales derechos. La ética es despreciada por una porción de la población y reina cierto escepticismo en torno a la tradición moral que hemos heredado, porque cierto liberalismo cultural tilda de anticuada una postura que incluye en su cuadro axiológico las reglas morales de todos los tiempos. La responsabilidad personal está comprometida con el auge de la liberación del hombre que declina cuando declina esta convicción. La desaparición de un derecho (pensemos en el derecho al trabajo ante el aumento del desempleo, el derecho a la libre expresión cuando estamos agobiados por el cinismo de los noticieros, el derecho a la salud cuando aumenta el cólera o el sida) es la degradación de la ciudadanía entendida como cualidad del habitante de una nación. Los límites de los Derechos Humanos no están determinados; porque inicialmente fueron elaborados en el orden político (siglo XVII y hasta la Revolución Francesa). Por otra parte, en el mundo de la tecnociencia no existen límites y podemos disponer de las cosas sin fin. Así es como debe replantearse toda la filosofía de nuestra relación con el mundo. El conflicto, por consiguiente, es más de poder que de saber. En otras palabras, deberemos estar preparados para enfrentarnos a lo inherentemente impredecible, a lo persistentemente inesperado y Clausewitz, el mayor estudioso de la guerra (es lo que más se asemeja a la no-violencia activa), afirma: "Pero todos estarán de acuerdo con nosotros en que los límites, que sólo existen en una inconsciencia de lo que es posible, una vez derribados, son difíciles de erigir nuevamente". Y también el psicoanálisis freudiano nos enseña que una puerta derribada (en el inconsciente) no vuelve a cerrarse. Ahora empezamos a ver cómo los Derechos Humanos más que una doctrina o un sistema legal que fácilmente los transformaría en una ideología, son un estilo cultural y político, una manera de ser democrática. Ante las manipulaciones genéticas, por ejemplo, se impone una visión planetaria de los Derechos Humanos. Por eso su defensa se coloca en un nivel microscópico si nos limitamos a las violaciones individuales cuando se trata de proteger la misma Doctrina existencia y la supervivencia del género humano. Y si nos asomamos al ecocidio que estamos viviendo, la misma reflexión se impone. El liberalismo nos hizo creer que teníamos en nuestras manos todo poder para imponer al mundo nuestra voluntad que aparece en todos los lugares donde domina el pensamiento occidental, sin descartar otras razones por las que estamos acabando nuestro entorno. El reconocimiento de la dignidad de todos los hombres es la fuente de la paz y de la justicia: es la base ética de la defensa de los Derechos Humanos. Esta dignidad está pisoteada por una sociedad excesivamente compleja, pero también muchas veces por una actitud personal o de grupo que no ha tomado en consideración esta dimensión y se encierra en el egoísmo. La UNESCO afirmaba: "Toda la problemática de los Derechos Humanos está ligada al conjunto de los grandes problemas que enfrenta la humanidad. Los Derechos Humanos son indivisibles, pero son también indisociables de las aspiraciones mayores de nuestro tiempo. Conviene, por consiguiente, vigilar constantemente para hacer tomar conciencia de los vínculos que unen los Derechos Humanos, el desarrollo, la paz, el desarme y muchas otras cuestiones" (Voix multiples , p.232). Para hacer válida esta vigilancia, uno de estos derechos es el de saber. ¿Cuántas veces hemos sido violados en nuestra falta de acceso a los documentos administrativos, cuántas veces ha sido violada nuestra vida privada? ¿Por qué no nos dejan abrir ciertos archivos? No tenemos derecho a recibir una respuesta oficial, la administración pública tampoco rectifica sus errores. Pero el ciudadano no conoce la existencia de estos derechos y tampoco existe la defensa legal real, no libresca o administrativa, para obtener las respuestas exigidas con derecho. Tenemos derecho de hablar, de escribir, es cierto, pero también el derecho de ser escuchado. Este círculo que se establece así, muestra la especificidad de una sociedad democrática. Lefort manifiesta: "Contornear el poder del Estado mediante la reivindicación de los derechos es la vía para requerir su legitimidad" (Lefort, Claude. La communication , p.38). Se tratará de organizar la solidaridad y volver a decir a todos los poderes sus límites y su finalidad que es el servicio del hombre, es organizar el derecho a mirar cómo se nos gobierna. El poder sobre todo cuando es monárquico como entre nosotros no instaura los Derechos Humanos; es el pueblo el que debe afirmarlos. Estamos ante la presencia de la conciencia que Sócrates definía como el tábano del Estado. La toma de conciencia perturba el establecimiento del poder. Es el modo de llevar el conflicto hacia una nueva integración. La toma de conciencia individual y social produce un estado de alerta, hace funcionar nuestra imaginación, nos hace curiosos (para siempre)* aptos para explorar todas las múltiples posibilidades. El poder requiere de control y eficiencia, la conciencia quiere perder los controles, busca la libertad de moverse donde el espíritu la lleva, explora nuevas formas de existencia que pueden encontrarse lejos de las fronteras del conocimiento adquirido. La filosofía de la no-violencia consiste en la persecución tranquila e irresistible de la verdad. Para lograr este objetivo la obediencia consciente y voluntaria debe preceder cualquier acción. Por eso esta filosofía es una respuesta global a la complejidad de nuestra sociedad actual. Aún cuando sus orígenes se remontan siglos atrás, su actualidad podría residir en ser la respuesta idónea a las circunstancias que vivimos ahora. Recordemos algunos nombres de los actores más importantes de esta filosofía: Buda, Jesús, Lao-Tse, Jean Huss, Francisco de Asís, George Fox, William Penn, Tolstoi, Gandhi, Martin Luther King, Lanza del Vasto o César Chávez recién fallecido. La condición inicial para optar y desarrollar en sí esta filosofía, garante de una defensa eficaz de los Derechos Humanos, es la simplicidad de vida. La revolución social difícilmente cambia las conciencias, pero el cambio en las conciencias sí produce una revolución cultural. Ya Marcuse lo indicaba en los años sesenta: el futuro de la humanidad exige que los más ricos dejen algo de su riqueza y, más adelante, esta frase se convirtió en el lema: la cultura de la frugalidad. "La no-violencia no es una virtud monacal destinada a procurar la paz interior y a garantizar la salvación individual, sino una regla de conducta necesaria para vivir en sociedad, ya que asegura el respeto a la dignidad humana y permite que progrese la causa de la paz, según los anhelos más fervientes de la humanidad (...) Si se acepta la no-violencia como ley de vida, afectará a todo el ser y no sólo a unos cuantos actos aislados" (Gandhi. Tous les hommes sont frères , pp. 133-134). Traducido en una actitud práctica significa que aquel que adopta este sentido de la vida como orientación existencial recuerda que su oponente es un ser humano y que puede tener buenos sentimientos como es la compasión o el sentido de la justicia o también el respeto a la verdad. El método no-violento consiste en hacer brotar estos sentimientos; mediante la actitud amistosa y la buena voluntad, espera producir la confianza y el respeto en su adversario. Se trata de conscientizar al responsable de la injusticia. La acción no-violenta interpela lo que hay de razonable en todos los seres humanos. Es una apuesta sobre la capacidad de los hombres de hacerse razonables. Y si es una ley injusta la que sostiene la injusticia, habrá que desobedecer esta ley. Me refiero a Tomás de Aquino (IIa IIae, q.96, a4): las leyes injustas, puesto que llegan a ser actos de violencia, no son obligatorias en conciencia; sin embargo, en su gran prudencia, el Aquinense agregaba: sí, serían obligatorias en conciencia si su observancia es necesaria para evitar el escándalo o las perturbaciones públicas. Martin Luther King tomaba el mismo argumento cuando invitaba a sus seguidores a aceptar la cárcel cuando debían desobedecer una ley injusta, para demostrar su respeto por la noción misma de la ley. Algunos Doctrina hablarán de ingenuidad: afirmar tal, es la señal de la pérdida de la fe en el hombre. El hombre por pecador, por débil, por torcido que sea tiene conciencia. Perder la fe en la conciencia humana es alejarse de toda posible interacción constructiva. Lo único que no puede perderse en las mayores crisis sociales es la certeza de que el ser humano tiene conciencia, que es su característica distintiva y el principio de cualquier encuentro. Este reconocimiento inicial me permitirá descubrir en mí las desviaciones que me impiden ver en el otro esta nota esencial. La no-violencia es una palabra de fe y de experiencia, no es un argumento indiscutible. La fe en el hombre como única vía de establecimiento de relaciones fructíferas entre nosotros. Recordemos entonces algunas de las convicciones que alimentan la conciencia del defensor de los Derechos Humanos. (1) Hay algo bueno en todo hombre; (2) todos los seres humanos están dotados de razón y de conciencia, por consiguiente, el diálogo es factible; (3) todo hombre puede hacer el mal, es capaz de hacer el mal; y adelantando reflexiones estratégicas: (4) la no-violencia se enfrenta al mal con toda la fuerza del espíritu; (5) la no-violencia no busca la destrucción del hombre responsable de la injusticia, sino su participación en hacer justicia. No podemos alcanzar un estado de no-violencia, es obvio, sólo tendemos a ser menos violentos. Es una voluntad, que siempre deberá perfeccionarse, estar listos para la deliberación, la elección de medios morales y para conducir la acción en todas las situaciones concretas de la vida que reclamen esta postura. Asumimos la racionalidad del hombre aún cuando reconozcamos áreas amplias de no-racionalidad en sus motivaciones o en su conducta. Asumir que el hombre puede actuar razonablemente es empezar a orientar las acciones y a conducir los conflictos en una nueva dirección. De nuevo, la no-violencia es un habitus bueno porque el que intenta honrar la no-violencia desarrolla la fuerza de su razón y de su voluntad para moralizarse, moralizando el medio. La adquisición de esta disposición habitual (habitus) es fruto de una educación. Hablamos de virtud, no de ciencia, porque tiene por meta la acción moral, no el conocimiento intelectual. Una anécdota ilustrará esta situación. Jean Goss uno de los grandes propagadores de esta filosofía imponía siempre a su auditorio la condición de que al terminar su charla se llevaría a cabo una acción inmediata y solicitaba a los que no quisieran participar en ella, se retiraran de la sala antes de que empezara su exposición. Activo, el defensor de los Derechos Humanos, debería ser siempre un buscador de acciones inmediatamente aplicables al medio en el que se desenvuelven los oyentes de tales mensajes. Las otras virtudes morales que son la justicia, el valor y el dominio de sí reciben el influjo de la no-violencia como virtud primera que les da los medios para realizarse. ¿Qué decir de la justicia como virtud si no existe el medio para ejercitarla? ¿Qué significa el valor, si no hay ocasión de demostrar su existencia en mi voluntad y en mi conciencia? ¿El dominio de sí, acaso significa algo si no se practica en los encuentros diarios con la violencia estructural e individual que nos acosa permanentemente? Los que dudan de este proceder no tienen ninguna experiencia de ella. La fuerza de la no-violencia reside en derribar todos los seudoabsolutos. Es la de ajustar los medios al fin. Lo que se mide por la eficacia, la técnica, la economía, la estrategia, la política y hasta la ciencia, son del orden de los medios y tienen un valor propio que es relativo, secundario y meramente práctico. Lo absoluto y primordial no se aplica sino a las acciones personales y libres. Hannah Arendt habla de este poder. La palabra y el acto deben estar unidos. Las palabras no pueden estar vacías, los actos no pueden ser brutales. Cuando las palabras no sirven para encubrir las intenciones, sino para revelar la realidad, cuando los actos no sirven para destruir sino para establecer relaciones y crear realidades nuevas, entonces sí estamos ante la no-violencia activa. Eso no puede llamarse, recalca la filósofa, resistencia pasiva. Es éste uno de los medios más activos porque no es posible oponerse a él mediante una lucha que implicaría derrota o victoria, sino sólo con masacres que dejan al triunfador vencido también, porque no alcanza la victoria, ya que no es posible reinar sobre muertos. Satyagraha, en sánscrito, ofrece una alternativa superior a la guerra para resolver los conflictos. El método del que estamos hablando consiste en la mayor parte de los casos en centrar el conflicto y en quedarse en el objeto de este conflicto. La escalada entre adversarios puede degenerar en otro conflicto muy alejado del objeto real. Basta observar las demandas que leemos en los periódicos o en las pancartas de los manifestantes en nuestras calles. Su acción pretende ser sin violencia, notemos la diferencia en el vocablo, pero su ignorancia de la filosofía de la no-violencia les hace cometer este error fatal para cualquier proceso de transformación que consiste en formular diez, doce o más demandas a la vez. Este es el camino ideal para hacer degenerar el conflicto y no obtener a la postre ningún beneficio y ciertamente no haberse acercado a la verdad para mayor justicia. Una campaña de acción no-violenta debe darse un objetivo claro, preciso, limitado y posible que pueda ser alcanzado en un breve término. Pero tampoco se queda en la superficialidad de la ocasión. Cualquier acción de esta índole debe situarse en el interior de un análisis global de la sociedad y el objetivo puntual debe estar integrado a un proyecto político, también global. La no-violencia jamás impide la toma de conciencia, sino que abre al conocimiento; en segundo término, nos dice Rollo May (Power, p.112), no renuncia jamás a la responsabilidad --y aquí puede explicitarse esta fórmula: la no-violencia no es sólo Doctrina la negativa ante el uso de la violencia, sino que es también la negativa a echarse atrás ante la violencia-- y en tercer lugar su propósito no es nunca el buscar un beneficio propio sino el de la comunidad, sea ésta la nación, sea el grupo social objeto de la lucha emprendida. Es importante subrayar la segunda condición mencionada: el ser humano cabalmente desarrollado como persona, defensor de los Derechos Humanos, de la justicia y del amor, no da la espalda a la violencia. Está presente ante ella y la reduce, la convierte, la elimina. No se trata de negar la existencia de los conflictos, sino muy por lo contrario, se trata de ponerlos en evidencia y resolverlos de manera "civilizada". Nuestra cultura nos lleva a negar los conflictos: "Aquí no pasa nada" o a ocultarlos o a posponer su manifestación explosiva. Este es el camino erróneo que sólo nos conduce a un vivir más pobre, a una vida más pálida hecha de mediocridades y de dimisiones. Socialmente desarrolla un sistema de injusticias que se suman unas a otras hasta crear el estado de frustración o de cinismo que debemos reconocer entre nosotros. Esta es la toma de conciencia, éste es el conocimiento. El reconocimiento de los conflictos, sean éstos interpersonales, sociales o políticos, es el primer paso hacia la no-violencia. Reconocer que granaderos erguidos delante de la marcha de los trabajadores del azúcar, como lo vimos en los periódicos de finales de octubre, es una situación de conflicto; desgraciadamente nuestras mentes acostumbradas a las violencias de opereta que nos presentan las series televisivas han despuntado nuestra agudeza mental. El despertar a la no-violencia es la toma de conciencia de la violencia como realidad radicalmente contraria a las exigencias de la razón. Veamos la solución pensada por muchos: la violencia como respuesta a la violencia. Sartre en un tiempo así creía conducir la revuelta estudiantil del 68. Contrariamente a lo esperado, la violencia que oponemos a un adversario finalmente es un baluarte que lo protege ante la exigencia de un examen concienzudo de sus actos por su propia conciencia. Con la violencia alejamos el momento de esta toma de conciencia que es el paso inicial para cualquier acción racional y razonable. La misma arma no crea preguntas, no crea dudas, no crea conciencia. Seguimos en el mismo esquema en el que nos encontramos seguros. Pero la sola razón no es suficiente para asegurar a la población lo que necesita. Habrá sufrimientos, porque el sufrimiento es mucho más convincente y más poderoso que la ley del más fuerte para convertir al adversario que sin él no oiría la voz de la razón. Cito: "El autosufrimiento es efectivo hasta donde demuestra sinceridad y penetra dentro de las defensas racionalizadas del oponente" (Bondurant, Conquest , p.228). Sabemos cómo somos capaces de estas defensas que todo lo racionalizan y nos crea escudos impenetrables al amor, al convencimiento, a la entrega. La no-violencia es conocida por sus cualidades espirituales más que por su "razón". Es admitido que esta doctrina es racional y 382 conciencia. Se trata también de abrir los oídos que permanecen cerrados a la violencia. Por eso lo hemos anotado, el sufrimiento propio puede imponerse para lograr que se entienda. La tensión debe eliminarse. La acción deberá desdramatizar la situación porque en medio de la contracción y del miedo es difícil encaminarse hacia el diálogo. En esta acción se investiga y se comprueba la existencia de hechos que constituyen la injusticia específica. La verdad así descubierta se presenta a los responsables de la injusticia. Seguirá la negociación, jamás el regateo, de una solución justa. Podemos observar y confirmar así lo que es patente en muchas mentes que se han acercado a esta filosofía. La no-violencia tiene una dimensión religiosa porque su auténtica naturaleza trasciende las formas humanas de poder. Y aquí es preciso recalcar que por una forma de poder auténticamente no-violento encontramos decenas de otras que se reclaman del mismo principio que son espurias. El engaño es fácil porque la línea divisoria entre una forma y la otra es extremadamente delgada. Una de las características de la acción no-violenta es el rechazo a la clandestinidad. Hay una incompatibilidad de naturaleza entre la no-violencia y la clandestinidad. Esta pretende crear una protección en torno a sí, la no-violencia desecha esta protección; su estrategia se despliega en pleno día, en plena luz, a la vista de todos y frente a los obstáculos. Sin embargo, habría que hacer mención de una excepción a este principio: un poder excesivamente represivo a veces obliga a adoptar otras tácticas, pero no es el lugar para desarrollar esta faceta menor y excepcional del proceso. Ante la violación de los Derechos Humanos, la no-violencia denuncia las reacciones individuales de autocompasión, de amargura, de apatía, de silencio o de fatalismo. Son actitudes y reacciones inadecuadas y, hasta podemos afirmarlo, inmorales contra la opresión y el irrespeto de la dignidad. El hombre no tiene derecho de doblarse ante la opresión individual o social. La lucha por la dignidad implica por consiguiente todos estos elementos constitutivos de la filosofía y de la estrategia no-violenta: la educación a la dignidad, al respeto que nos debemos a nosotros mismos, a la filosofía moral, a la estrategia y a las tácticas, implica la acción política y llega hasta la capacidad de dialogar, debatir, pelear por la verdad y la justicia. Son éstas las únicas formas morales y efectivas que nos permitirán triunfar sobre la opresión. Gandhi también lo afirma: "La no-violencia supone ante todo que el hombre sea capaz de pelear. Pero, al mismo tiempo, debemos consciente y deliberadamente reprimir todo deseo de venganza" (Tous les hommes , p.178). La educación o el aprendizaje a esta filosofía de la vida se inicia en el sentimiento personal de nuestra responsabilidad en una injusticia dada: cuando sostenemos esta injusticia (¿qué decir de la corrupción a todos los niveles, desde la mordida?), 384 cuando somos cómplice de esta injusticia o cuando aceptamos beneficios de esta injusticia (para los estudiantes universitarios, ocupar el lugar de otro y vivir en la holgazanería). El aprendizaje empieza al rehusarnos a colaborar con cualquier violencia o injusticia y no ser cómplices por medio del silencio. "La fuerza de disuasión más eficaz es la que se manifiesta en una comunidad de hombres y de mujeres inteligentes y valerosos, habituados a reflexionar y a conformar sus actos a los imperativos de su conciencia" (René Coste, Examen..., Justice dans le monde , p.306). La primera posición y en ella empieza la acción social y política, porque la política no es un asunto meramente electoral, es la reflexión y el análisis crítico comunitario. Consecuentemente nacerá la costumbre, apoyada por los pares, de actuar de acuerdo a los dictados de la conciencia iluminada por el debate y la información. La estrategia tiende por consiguiente a crear una relación de fuerzas que constriñe al adversario al diálogo. La puerta queda abierta de tal suerte que es posible graduar el combate para alcanzar esta negociación. La meta no es humillar al adversario, habrá que insistir en ello, sino suprimir la injusticia que entretiene. Y una reflexión de psicología social: "si el enemigo se da cuenta de que Usted no tiene ni la más remota intención de levantar la mano contra él, ni siquiera para salvar la propia vida, perderá el gusto de matarlo" (Denegri, La No-violencia , p.65). Si la presentación de la verdad al causante de la injusticia no es convincente, se apela a la opinión pública y se ofrecen nuevas negociaciones. Si aún así no se obtiene la respuesta justa, se aplican las técnicas de resistencia y de lucha. Tema, éste último, que no trataré ahora porque rebasa los límites conceptuales de esta charla. Preguntémonos, si aun es necesario, ¿de dónde saca su fuerza la estrategia de la no-violencia? Es una fuerza a la larga efectiva e irresistible porque rehusa engañar, odiar y matar. Sus tres armas esenciales son las siguientes: la energía verdad: que es la búsqueda de la verdad, su comunicación y su vivencia; la energía amor: que se combinan con la más firme oposición al mal; la energía sufrimiento: que es la capacidad de sufrir la violencia sin infligir violencia, no por impotencia. Se explica así. Cuando pudiendo responder a la violencia con la violencia, deliberadamente, con firme dominio de sí mismo y valor moral no se responde con violencia, se practica la búsqueda de la verdad, incompatible con la cobardía o el temor. La línea divisoria entre la violencia defensiva, que sí es aceptada hasta por los más radicales, y la violencia agresiva es muy tenue. Por lo que tratar de violencia es siempre un riesgo que puede tomarse sólo entre personas suficientemente preparadas para no dejarse llevar por la espiral de la violencia. Doctrina Una de las causas sociales y psicológicas principales de la violencia es el miedo. .El miedo a perder los bienes materiales o los bienes espirituales como una manera de ver el mundo que rige nuestras decisiones frente a otra manera de ver el mundo que nos obligaría a cambiar hasta nuestra cultura (el caso vivido entre nosotros por varios años ha sido la presencia del socialismo ante la visión capitalista o individualista); el miedo a la inseguridad que surge del enfrentamiento a seres o situaciones demasiado diferentes como es la diferencia racial o la diferencia cultural (¿no tienes miedo al estar entre campesinos, me decía una citadina empedernida?), la diferencia religiosa: entrar en un templo de carismáticos cristianos o en el templo de San Juan Chamula. Existe también el miedo a sí mismo compuesto del sentimiento de inferioridad o de incompetencia. Pero el miedo fundamental es el temor a la muerte. Gandhi decía: "lo mismo que hay que aprender a matar para practicar el arte de la violencia, también hay que prepararse a morir para entrenarse a la no-violencia". Temible para muchos, este planteamiento ocupa sin embargo el centro del desarrollo del hombre cuando pretende alcanzar su nivel de persona capaz del encuentro con el otro y con Dios. Tal encuentro y tal realización sólo se dan cuando en algún momento del proceso dialogamos con nuestro destino y con nuestra propia muerte. Es altamente conmovedor observar como nuestros conciudadanos no han palpado la latente violencia de nuestro mundo, de nuestro sistema económico y social, de nuestras costumbres. Basta con abrir el periódico de cualquier día para observar las fotografías de los actos violentos que ocurren en nuestras calles, no en las de Africa del Sur o del Perú. No, las calles de México, las calles de nuestras ciudades están repletas de manifestaciones de violencia en la mayor parte de los casos en respuesta a esta violencia institucional. En estos tiempos, por otra parte, los conflictos están a la orden del día porque el potencial tecnológico nos ofrece más razones de temor que de esperanza. Las teorías sociales y políticas se enfrentan a una grave responsabilidad: encontrar las soluciones al conflicto. No se trata de elaborar sistemas teóricos en los que la meta final es la eliminación del conflicto sino de construir un modo de conducir el conflicto cuando se levanta: es decir ser constructivos y no destructivos.
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